Gángsters de Nueva York (Gangs of New York)
   
Vuelta a los orígenes  
   
La larga espera ha concluido. Por fin podemos asistir en nuestras pantallas a la última obra de uno de los directores más influyentes e innovadores del cine norteamericano, Martin Scorsese. El artífice de joyas que ya han pasado a los anales del séptimo arte como Malas calles, Taxi Driver, Toro Salvaje, Uno de los nuestros, La última tentación de Cristo o Casino (junto con otras obras no tan conocidas, pero igualmente satisfactorias, como New York, New York, ¡Jo, qué noche! o La edad de la inocencia) se aventura a reproducir en pantalla nada menos que la gestación de la ciudad de Nueva York, desde 1846 hasta lo que hoy conocemos como la Gran Manzana. Partiendo de un desorbitado presupuesto, sabiamente aplicado, Scorsese construye una sencilla historia (desde el punto de vista del guión), pero efectiva y, sobre todo, adornada con una mano maestra en la dirección, tanto de actores como de aspectos
técnicos. Los estudios romanos de Cinecittá han servido como albergue para esta superproducción millonaria que, si bien no pasará a la Historia del Cine, sí supondrá un acierto más en los múltiples retos que Martin Scorsese se ha propuesto a lo largo de su carrera cinematográfica. Desde el punto de vista de dirección, no hay pero que apostillar al film. Una fotografía lúgubre durante todo el metraje, una dirección artística y puesta en escena asombrosas, un decorado trabajado, sirven de ensamblaje perfecto para una realización propia de un maestro de la cámara. Sensacionales tomas aéreas y unos travellings que nos recuerdan al Scorsese de Malas calles sólo son la guinda de un genial empleo de la Panavision, poniendo todo su oficio al servicio del arte en las secuencias bélicas, donde el moderno ritmo del videoclip se combina ficación y la violencia ralentizada made in Sam Peckinpah, mientras la banda sonora del recientemente oscarizado Howard Shore resuena en nuestros oídos. Por otro lado, el aspecto actoral tiene un protagonista indiscutible, el impecable Daniel Day Lewis, quien encarna un difícil papel que nos rememora aquellos villanos realmente malvados del cine clásico que ya hoy habíamos dado por perdidos. A su actuación, probablemente valedora del Oscar, le acompañan eficazmente los trabajos de grandes pesos como Di Caprio (alejado de los papeles de niño
bonito), Cameron Díaz, el incombustible John C. Reilly o Jim Broadbent, todo un lujo al alcance de pocos. Pero las exigencias de la productora han pasado factura al film, y es que la constante revisión del guión, la tardanza en su estreno (se preveía para el 2001, pero el 11-S demoró sine die su definitivo lanzamiento a las pantallas), y el afán de Miramax de profundizar en la relación amorosa Di Caprio - Díaz se han hecho notar, y lo que en un principio iban a ser 225 minutos se han visto reducidos a 165, hecho que se hace patente en el film, no por una inconexión narrativa en el mismo, sino por una falta de profundización en algunas situaciones. A pesar de ello, el buen hacer del realizador ha generado una historia más esquemática, pero bien construida. Sin duda alguna, estamos ante una de las grandes películas del año, obra maestra técnicamente hablando, pero que deberemos examinar en su metraje íntegro y original. Esperaremos a la edición en DVD, y es que el mercado manda, y en cuanto al Oscar a la mejor dirección, lo siento Pedro, pero Scorsese es Scorsese, y ya le toca.
 
Por Augusto Fco. González Braña
   
Disponible en video y DVD  
   
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